El país Dogon es un área de unos 4.000 km² en el centro-sur de Mali, en la frontera con Burkina Fasso. Tierra de animistas, goza de popularidad mundial por su cultura y sus paisajes. Para conocer un poco la región, decidí hacer una caminata de ocho días a lo largo de la falla que separa el altiplano de la planicie.
Si hay un lugar en este planeta que puede calificarse de exótico, ése es el Dogon. Las planicies están sembradas de baobabs, esos árboles típicos de África que parecen plantados al revés, de cuyas ramas cuelgan grandes frutos ovalados y verdes. En la aridez de la planicie, pájaros color turquesa destellan en el sol, y lagartijas de cabeza amarilla trepan por los árboles. A lo lejos, las dunas rojas del desierto anuncian su avance inexorable, en un país donde la desertificación representa el problema ecológico más serio.
Cada pocos kilómetros, se llega a uno de los famosos pueblos del Dogon. Los pueblos están divididos históricamente en tres partes. En la planicie, contra el barranco, las construcciones que son utilizadas en la actualidad. Laberintos de pequeñas casas de adobe, graneros de forma trapecial, aquí y allí una gran roca trabajada por los vientos y las lluvias. Retrocediendo en el tiempo, y en la parte más baja del barranco, que tiene una inclinación de unos 60 grados, se encuentra la antigua villa Dogon, en la que la gente habitaba para protegerse de los hoy desaparecidos leones y hienas, así como de tribus belicosas. Luego ya hay que remontarse varios siglos en el pasado, para encontrar las viviendas más fantásticas. A unos cincuenta metros de altura, incrustados en la pared vertical del barranco, se pueden ver varias decenas de gigantescos avisperos, no encuentro otra forma de describirlos. Grandes bolas de adobe, con espacio como para albergar a una persona de poca talla en posición acurrucada, y un pequeño orificio que sirve de puerta. Éstas son las casas de los Tellem, el pueblo originario de la región. Aparentemente, aquí vivían los pigmeos, antes de ser expulsados del Dogon para terminar en África Central.
Sentado al pie del barranco, y observando estas construcciones, trato de imaginarme cómo vivía esta gente. Sé que cazaban en la planicie. En algunos pueblos es posible trepar y observar estas chozas a pocos metros de distancia. La vida social, al caer la noche, tiene que haber ocurrido en los resquicios del barranco. Hay muy poca información sobre este pueblo legendario. En muchos lugares las chozas son completamente inaccesibles, encontrándose a gran altura. Alguna gente de la zona cree que los Tellem podían volar, otros afirman que podían transformarse en gigantes en un instante, para de un gran paso subir a sus hogares. Lo más plausible es que treparan con cuerdas hechas de la corteza del baobab, y los maderos clavados en el barranco reafirman esta teoría.
El país Dogon está lleno de magia y supersticiones. Aunque hoy día todos los pueblos tienen comunidades cristianas, musulmanas y animistas, las creencias de estos últimos están vivas en todas las personas, e inspiran respeto y temor. Poco a poco, y gracias a mi guía Bako, me voy enterando de algunas cosas. Por ejemplo, que los cocodrilos gozan del mismo estatus que los seres humanos. En uno de los pueblos hay una laguna con varios de estos reptiles. Cuando uno de ellos muere, recibe los mismos honores funerarios que una persona, siendo sepultado envuelto en una sábana blanca y de costado, para que le sea posible levantarse en el momento que su espíritu se dirija al mundo de los sueños. Este mundo de los sueños es diferente al nuestro. Bako se levanta un día contento y me cuenta que estuvo charlando con varias personas bajo un gran árbol. Los sueños son una vida paralela, tan real como la que vivimos despiertos.
De a poco, mis ojos se van abriendo a la realidad de esta gente. Una lagartija no es una lagartija, sino la reencarnación del prepucio de un hombre circuncidado. La circuncisión femenina desgraciadamente también es ampliamente practicada, extirpándose el clítoris de la mujer, que se transforma en un escorpión. Aparentemente, nada se desperdicia, y nada carece de significado en esta extraña región.
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