Durante tres días, delegados de 25 países de, entre otros, África Central, el Caribe, Kosovo y Afganistán, intentaron mirar la vida con los ojos de los más de un millón de ex combatientes que hay en el mundo, y calzarse los zapatos de quienes han dejado las botas, el uniforme y el fusil, por una promesa de paz y de reintegro a un vecindario.
El Primer Congreso Mundial de Desarme congregó en este puerto del Caribe colombiano a expertos en resolución de conflictos, funcionarios nacionales que conducen procesos de paz, veedores internacionales de programas de reintegración, financiadores de la banca multilateral, portavoces comunitarios, empresarios que abren plazas para mutilados de la guerra y psicólogos que intentan matar fantasmas de pasados violentos.
Experiencia inédita
"Por primera vez estamos mirando globalmente los procesos de desarme, desmovilización y reintegración en todo el mundo, desde Papúa Guinea hasta Colombia, pasando por Sri Lanka, Haití, Kosovo, Sudán y tantos otros", afirmó a Radio Nederland Sophie Da Cámara Santa Clara Gomes, asesora de la Oficina de Crisis, Prevención y Recuperación, de la Organización de Naciones Unidas. Para ella, una de las promotoras del encuentro, el congreso confirmó que cada caso y país son distintos. Lo que sí es común a todos los procesos son las armas, la falta de confianza y la pobreza de los entornos sociales de los ex combatientes. También la certeza de que la reintegración no es sólo económica sino también psicológica y social.
Todo proceso de cambio es profundo para el desmovilizado, desde el momento en que deja su arma. A partir de ahí, todo cambia. Se pasa de ser alguien que tuvo un arma, poder, rango, reconocimiento y de un día para otro, todo termina.
Sophie Da Cámara Santa Clara Gomes valora el rol de las mujeres como "absolutamente indispensable", y reconoce que en el pasado "no siempre lo hemos hecho bien" con respecto a esta franja vulnerable de la población. Destaca países como Indonesia y Filipinas, en los que gran cantidad de mujeres eran combatientes, y otros en los que no han sido tan visibles y su desmovilizan una a una, para evitar ser estigmatizadas al regresar a sus comunidades. "Hay que hacer más esfuerzos para encontrarlas y apoyarlas en asuntos psico-sociales, de salud reproductiva y otros aspectos, afirmó la delegada de la ONU.
Asegurar la paz
La reintegración es sustantiva para la paz, declara, con énfasis, Alfredo Lazarte, director del Programa de Respuesta a las Crisis y Reconstrucción, de la Organización Internacional del Trabajo. A su juicio, "cuando los conflictos siguen un proceso pueden tener una capacidad muy dañina, pues, son incompletos y derivan hacia otros fenómenos como la delincuencia".
Lazarte, de nacionalidad peruana, señala que el aspecto psico-social es definitivo en los procesos de desarme y reintegración, porque obliga a pensar cómo un combatiente pasa a pensar como civil, a cambiar la percepción que de él tiene la sociedad que lo ha visto como destructor, que ha matado y ha hecho daño. "La reintegración implica alternativas, beneficios y espacios; requiere programas inclusivos, exige espacios para la verdad, la justicia ‘transicional' e induce a curar las heridas y a aceptar que, en cierta medida, se es victimario y víctima a la vez," precisa el funcionario La reintegración de ex combatientes también reporta beneficios a la sociedad.
Post conflicto
Marcelo Fabre, del proyecto Multipaís, del Banco Mundial, habla de cómo este consorcio de 14 países donantes ha logrado incidir para que, en África Central, un conflicto que era regional se trocara en conflictos de regiones, desactivando una situación encadenada de grave pronóstico. Según este perito con 23 años de experiencia en resolución de conflictos, las formulas externas o impuestas son muy difíciles de implementar a largo plazo, porque "la paz no se impone, se construye cada día por los ciudadanos que deciden optar por una vía pacífica (...) no es posible trasplantar experiencias pero sí buenos enfoques y lecciones aprendidas".
Aunque todos los conflictos concluyen con un acuerdo de paz, en algunos casos la acción militar induce a esa solución, y en otros se llega porque ninguna de las partes puede sostenerse más en la guerra. "Nuestra experiencia es que cuando una de la partes es más fuerte que la otra el post conflicto es más estable", afirmó Fabre a Radio Nederland. A manera de ejemplo citó el caso de Angola, país en el que, tras 25 años de guerra civil y dos intentos fallidos de negociación de paz, se llegó a una solución "casi militar", tras lo cual, en pocos años, el país ha salido adelante, al punto de que las agencias de turismo están desbordadas de solicitudes. "La recuperación económica ha sido muy importante y parece que el fantasma de la guerra quedó atrás", precisa.
Colombia en el centro
El caso colombiano cobró protagonismo a lo largo de los tres días de sesiones del encuentro internacional, tanto por tratarse del país anfitrión como por contar con mayor número de personas vinculadas a experiencias de desmovilización y procesos de reintegración a la comunidad. La situación colombiana involucra a 35.000 ex combatientes de las paramilitares Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), que depusieron las armas mediante acuerdos con el Gobierno del presidente Álvaro Uribe, y de unos 17.000 ex miembros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) que han desertado individualmente o en pequeños grupos para acogerse a la Ley de Justicia y Paz que ofrece beneficios tales como máximo 8 años de cárcel aun para delitos atroces.
¿Riesgos del rearme?
Organizaciones No Gubernamentales como la Corporación Arco Iris, una de cuyas cabezas es el analista León Valencia, ex miembro del insurgente Ejército de Liberación Nacional (ELN), han denunciado un fuerte proceso de rearme al amparo de las viejas estructuras paramilitares no desmanteladas totalmente. En esa suerte de relevo han surgido las conocidas genéricamente como ‘bandas emergentes', que agruparían a más de 30.000 armados con presencia nacional. Precisamente a esos grupos se atribuye una reciente ola de panfletos amenazantes distribuidos en las principales ciudades del país, y el recrudecimiento de operaciones de la mal llamada ‘limpieza social', con decenas de muertos, en su mayoría jóvenes.
Largo aliento
Pero la apuesta colombiana es de largo aliento. Frank Pearl, actual Consejero de Paz y anteriormente Alto Consejero para la Reintegración, calcula se necesitan entre 15 y 20 años para que el proceso se decante y la sociedad asimile a los ex combatientes como ciudadanos con derechos plenos. Otros advierten que el cálculo es incierto por cuanto el Gobierno colombiano impulsa el proceso de desmovilización y reintegración solamente de uno de los flancos del conflicto, las paramilitares AUC, en medio de una política de guerra a la insurgencia y no de paz general; esto sin contar otros factores locales, como la ausencia de reforma agraria y el narcotráfico, combustible de una confrontación que data de medio siglo.
Lo que sí reconocieron delegados de distintos procedencias geográficas e institucionales es que en este país se cuenta con el mayor presupuesto per cápita destinado al proceso: 10 mil dólares en promedio por cada ex combatiente, frente a entre 600 y mil dólares en África.
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Etiqueta: Afganistán, Cartagena, Colombia, desarme, desmovilización, Kosovo, reintegración, África
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